El amor va más allá

A veces no nos damos cuenta del impacto que las palabras de Jesús tenían en sus oyentes. «Habéis oído… pero yo os digo…» Estas palabras eran un desafío a la autoridad de los maestros de la Ley, una llamada a una justicia mayor.

Jesús se presenta como el verdadero intérprete de la Palabra Divina. No viene a abolir la Ley, sino a completarla. La plenitud de la Ley es el amor, y Jesús nos muestra que ese amor es posible gracias a la gracia.

La justicia que Jesús nos pide es mayor que la de los escribas y fariseos. Es la justicia de las bienaventuranzas, que nos llama a perdonar, a amar a nuestros enemigos, a ser perfectos como el Padre celestial.

Pero, ¿cómo podemos lograr esto? No es por nuestra propia fuerza, sino por la gracia de Dios. Jesús nos ha dado el don de la comunión con Él, para que podamos vivir la plenitud de la Ley.

No se trata de cumplir una serie de reglas, sino de amar. De amar a Dios y al prójimo. De amar con el corazón, no solo con las obras. Jesús nos llama a ser radicales en nuestro amor, a no conformarnos con la mediocridad.

La reconciliación con nuestro hermano es fundamental para poder ofrecer un sacrificio a Dios. El enfado y la ira son como un homicidio, y no podemos estar en comunión con Dios si no estamos en paz con nuestros hermanos.

Jesús también nos habla de la pureza del corazón. No se trata solo de evitar el adulterio, sino de evitar la lujuria y el deseo impuro. El corazón es la fuente del deseo, y debemos purificarlo para poder amar a Dios y al prójimo.

La alianza matrimonial es otro tema que Jesús aborda. La unión de un hombre y una mujer es sagrada, y no debe ser rota. Dios nos ha unido, y no debemos separarnos.

La tarea es exigente, pero no estamos solos. Jesús está con nosotros, y su Espíritu nos guía y nos da la fuerza para vivir la plenitud de la Ley.

No se trata de cumplir una serie de reglas, sino de amar. De amar a Dios y al prójimo. De amar con el corazón, no solo con las obras. Jesús nos llama a ser radicales en nuestro amor, a no conformarnos con la mediocridad.

Abramos nuestro corazón a la gracia, y dejemos que Jesús nos transforme. Que su amor nos llene, y que su sabiduría nos guíe.